Un bodeguero con estirpe
16/03/08
Alberto Arizu heredó de su padre y de su abuelo la pasión por crear vinos nobles. Recientemente su firma, Luigi Bosca, fue visitada por la Presidenta. Hay mandatos familiares tan poderosos e irrenunciables que no pueden desoírse. Más aún cuando lo que se desea hacer desde el alma es lo mismo que dicta la sangre. Así fue para el bodeguero mendocino Alberto Arizu, quien supo casi desde la cuna que su destino siempre estaría unido al aroma de los viñedos …
Fuente: Diario Uno | Verónica Oyanart
… que rememora como uno de los perfumes más entrañables de su infancia y hoy lo acompaña a diario en su labor a la cabeza de la prestigiosa firma Luigi Bosca, en Luján de Cuyo.
“Mis cuatro abuelos eran de familia bodeguera”, narra acerca de sus inequívocos orígenes este ingeniero agrónomo de 66 años. Y agrega que “Arizu significa en vasco ‘robledal’”, lo que entiende es una suerte de designio, por la íntima relación que esta madera tiene con la elaboración del vino.
La mayor impronta en él la dejó su abuelo paterno, don Leoncio Arizu, quien a los 7 años partió de la aldea española de Unzué, en Navarra, para hacer la gran travesía al Nuevo Continente y recalar finalmente en Mendoza, donde en 1901 verdecieron sus viñedos. Saturnino Arizu, hijo de Leoncio, continuó la labor, y también sus hijos: Alberto, Raúl, Roberto, Estela y Alicia, quienes se entregaron con vehemencia a la creación de buenos vinos, tradición que transmitieron a su descendencia.
Hoy, la empresa de raigambre familiar exporta sus laureados vinos a un gran número de países europeos, americanos, asiáticos, de Medio Oriente y Oceanía, que conforman más de cuarenta puntos diferentes del mercado global. Recientemente, Luigi Bosca fue elegido por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner como escenario de sus anuncios en la provincia, entre ellos, una muy buena noticia para Bodegas de Argentina: la rúbrica de un acuerdo por el cual las autoridades nacionales prorrogaron la no aplicación del impuesto interno al champán.
–Cuando el apellido es Arizu, dedicarse al vino es casi un mandato familiar…
–Sí. Es un sello que a uno no le permite equivocarse. Mi abuelo y mi padre provocaron el entusiasmo en nosotros. Con mis hermanos vivimos bastante tiempo en las fincas. Eso nos fue marcando.
-¿Su infancia transcurrió en una finca?
–Claro, vivíamos en la finca El Paraíso y viajábamos a la escuela Don Bosco, en Rodeo del Medio. Esa finca tiene una connotación muy importante para la familia. Mi abuelo se la compró en 1926 a Frank Romero Day. Yo todavía no había nacido, pero mi padre me contaba que en el famoso aluvión, cuando se rompió el endicamiento del Plomo, nuestra finca se inundó y cosecharon en el agua. Entonces, los socios de mi abuelo vinieron de Buenos Aires para ver qué había sucedido y le dijeron: “Nosotros abandonamos”. En algunos sectores, el suelo tenía un metro de agua. Mi abuelo dijo: “Yo sigo”. Fueron años muy difíciles, pero él era una persona emprendedora.
–¿Qué es lo que más recuerda de esa niñez con paisaje de viñas?
–Recuerdo que nos levantábamos muy temprano, buscábamos los caballos y salíamos a andar en la finca de madrugada. En ese momento, mi abuelo y mi padre hacían unas represas, entraban agua del río y la embancaban para que se llenara de arcilla. Así iban ganando terreno. El gusto de nosotros era andar a caballo, sin montura por supuesto, en esas piletas que eran bastante profundas, y que el caballo nadara. Es una sensación fantástica. También me acuerdo del aroma de la viña, tan especial.
–Un aroma del que nunca se ha alejado…
–No, porque da una fortaleza, una vitalidad, que le hace olvidar a uno por completo el desgano. La palabra vid tiene que ver con la vida, entrelaza la fuerza vital.
-Su abuelo Leoncio y su papá también le habrán inculcado cierta disciplina…
–La responsabilidad. Y abordar cada actividad con entusiasmo, con ganas, con mucha entrega. Yo seguí la actividad de mi padre, que era ingeniero agrónomo. Partí de muchas cosas que él hizo y las mejoré, por supuesto con mayor tecnología y trabajo de investigación.
–Tal evolución ha sido imprescindible. Muchos bodegueros de Mendoza se quedaron en el camino por no saber adecuarse a las exigencias de una industria que cambió para competir internacionalmente…
-Exacto. La idea es nunca dar saltos, sino dar pasos seguros, siempre hacia adelante. Si bien yo salí de la universidad con todo un bagaje de conocimientos y la idea revolucionaria de modificar las cosas, me basé en la experiencia que traíamos, en los planteles de vides que teníamos. El material más importante que puede tener una empresa son sus propias vides, las que trajeron los inmigrantes, como mi abuelo, y las que se fueron cultivando a través de los años. Me dediqué a extraer lo mejor a partir de algo que estaba consolidado en Argentina y que llevaba más de 150 años cultivándose. La clasificación y la pureza varietal de vides con expresión propia de la región fueron fundamentales. La empresa estaba estabilizada y cuando hubo que salir al mercado estuvo preparada. Entonces resultó más sencillo trabajar los mercados externos y se pudo crecer rápido. A partir del ’91, en tres años la empresa se había transformado enteramente.
–Toda esta reactivación de la que habla se advierte también en la gran cantidad de capitales extranjeros que han invertido en Mendoza…
–Todo el cambio se debe a la misma industria, que mejoró su perfil a través de todas las bodegas. A partir del ’87 comenzamos a salir en conjunto al mercado y a las ferias. Empezamos a crear la imagen de Argentina. Cuando vinieron a instalarse los extranjeros, fue porque afuera ya habían escuchado de nuestros vinos.
–El hecho de que Luján de Cuyo se convirtiera en la primera denominación de origen oficial de Argentina y Sudamérica es un logro en el que tuvo que ver.
–Conseguimos que el Malbec tenga la denominación de origen, porque es el vino que hizo famosa a la región.
–Hace poco, el gerente de la bodega Séptima decía que se ha generado cierto esnobismo contraproducente para el vino, que hace que muchos crean que hay que ser un entendido para disfrutarlo…
–Cuando hacemos degustaciones, decimos que para acercarse al vino hay que dejar el lenguaje técnico. Porque al final nadie sabe por qué si el vino viene de la uva y la uva tiene aroma a uva, entonces el vino tiene aroma a melón, a chocolate o a lo que sea. El lenguaje del vino es muy simple: la brillantez de su color dice si es sano; su aroma, si es limpio; y mejor todavía, si se pueden recordar algunos aromas, como el de la vainilla, que es parte de la madera. La producción del vino es un proceso absolutamente natural, el que le agregue otra cosa, problema de él. Uno pone las condiciones para que la uva fermente. Es microbiología pura, no química. Y el mejor vino del mundo es y será el que le agrade a mayor cantidad de gente.
Fuente: Diario Uno | Verónica Oyanart
http://edimpresa.diariouno.net.ar/2008/03/16/nota175536.html

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