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Chile: vinos orgánicos. ¿Es que estamos compitiendo allí, o no?

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17/04/08

Recuerdo que hace cinco años muchos viñateros chilenos obviaban la palabra “orgánico” en sus etiquetas, pese a cumplir con todos los requisitos, certificaciones y demases. El argumento era bien simple: preferían estar con el resto de los vinos en las góndolas, y competir en atributos como calidad e imagen, y no estar relegados en el polvoriento rincón de los orgánicos junto a un grupete de los más variopintos orígenes y niveles cualitativos. Ahora ser orgánico es cool, y cada vez más conveniente …

Fuente: Chile.com | Eduardo Brethauer

El mercado orgánico en Reino Unido, sólo por nombrar el principal destino de los vinos chilenos, mueve £ 2 billones al año, anotando un crecimiento de 26% durante 2007. La conciencia ecológica de los británicos es cada vez más firme y menos discursiva. Conceptos como sustentabilidad y responsabilidad social de la empresa ya dejaron de ser sólo buenos deseos para convertirse en atributos que pueden inclinar la decisiones de compra. Esta tendencia no sólo se refleja en el crecimiento del mercado de los orgánicos, sino además en la preferencia por packagings más amigables con el medio ambiente y por viñas que apoyan proyectos ecológicos o en beneficio de comunidades en riesgo social.

También recuerdo que hace cinco años la oferta de vinos producidos con uvas orgánicas era bastante disminuida. Eran vistos por los propios ejecutivos de las viñas como una rareza o, en el mejor de los casos, como un proyecto interesante, pero más bien en el largo plazo, cuando el mercado creciera lo suficiente como para contrarrestar los aumentos de costos productivos que demandan los años de transición orgánica. Las viñas que apostaban por el futuro de esta categoría eran contadas con la mano. La mayoría no quiso distraer sus recursos para empujar un carro que la llevaría a paso cansino y a un destino todavía demasiado incierto.

Con el triunfo de Coyam 2001 en el Primer Wines of Chile Awards se produjo un antes y después en la incipiente vitivinicultura orgánica chilena. Este hito no sólo fue un nuevo espaldarazo para el enólogo Álvaro Espinoza y para el proyecto biodinámico de Emiliana, sino además produjo un cambio de percepción en la industria. Ya no sólo era posible elaborar vinos amigables con el medio ambiente, sino también vinos de extremada calidad.

Aún tengo en la memoria el comportamiento de esta modesta mezcla tinta en catas a ciegas -modesta sólo en precio, pues entonces apenas se empinaba por los US$ 12-, compitiendo de tú a tú con esta suerte de nueva casta llamada vinos íconos que sobrepasaban los US$ 60 por botella. Las diferencias eran estrechas. La elocuencia frutal de Coyam, sumado al equilibrio de la mencionada cosecha, sin duda convencieron a muchos escépticos que el camino orgánico no sólo era posible, sino además muy rentable, al menos en el mediano plazo.

Hoy cuento más de una veintena de etiquetas orgánicas de muy buena calidad. Se me vienen a la cabeza la pionera La Fortuna y su interesante Sauvignon Blanc Racines en Curicó; el buen trabajo de Cono Sur en los niveles de entrada con su Bicicleta Cabernet Sauvignon Carmenère; Emiliana con sus marcas Adobe y Novas, especialmente con cepas como Chardonnay, Mourvedre y Syrah en Los Robles y Casablanca; el avasallador Matetic EQ Syrah y Costal Sauvignon Blanc en San Antonio; el potente Cabernet Sauvignon-Malbec de De Martino en Isla de Maipo; y un triunvirato de Cabernet Sauvignon que, cada uno en su estilo, muestra la gran fortaleza que puede alcanzar esta cepa bajo los preceptos orgánicos: el especiado y estiloso Carmen Nativa en Buin, el primer vino chileno producido con uvas orgánicas de la mano de Álvaro Espinoza; el firme pero cortés Orgánico de Errázuriz en Panquehue; y el complejo y seductor Uvas Orgánicas de Cousiño Macul en Macul.

Nueva Zelanda ya nos ganó el quién vive y se posicionó, al menos eso intenta, como el país “green and clean” del vino. Si las viñas chilenas no se suben al carro verde, ofreciendo este casi imbatible mix de calidad y respeto por el medio ambiente, pueden quedar muy atrás cuando este mercado explote de una vez por todas. Ya ha pasado una década desde aquel mítico Mission de Lomas de Cauquenes, el primer orgánico chileno certificado que elaboró Claudio Barría -el único que puede llamarse vino orgánico con todas sus letras, pues no contenía SO2-, cuyas primeras botellas de medio litro pretendían atravesar los mares en limpios bergantines a vela. Hoy las condiciones de mercado y conocimientos son muy diferentes. Y los orgánicos chilenos tienen el horizonte despejado para desplegar su gran potencial enológico y comercial

Fuente: Chile.com | Eduardo Brethauer

http://www.chile.com/tpl/articulo/detalle/ver.tpl?cod_articulo=99012

Escrito por machimar

18, Abril 2008 a 10:28 am

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