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Patricio Tapia nos abre su cava

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23/05/08

¿Qué vinos toma uno de los hombres más influyentes del tema en Chile? Aquí, el prestigiado crítico de Wikén nos revela qué esconde su colección más personal. Partamos por las confesiones. Me encantaría decir que mi cava encaja perfecto con la que todo amante del vino sueña. Que todo está allí, en orden alfabético, por colores, por cepas, por regiones. Y que me acabo de comprar un sistema ultra sofisticado de control de humedad y temperatura para que mis vinos descansen como se debe. La realidad, sin embargo, es distinta. Hoy por hoy mi cava es un clóset. Tal como suena. Un reciente cambio de casa, y todas las prioridades que eso implica, ha relegado mis botellas a un hábitat similar al de un panal de abejas. Espero hacer algo al respecto, y pronto, pero por el momento más que una cava, parece una bolsa de gatos …

Fuente: El Mercurio | Patricio Tapia

Pero si sólo hablamos de contenido, me gustan los vinos que tengo. Barolos de Italia, vinos amarillos de Jurá, blancos de Alsacia, tintos y blancos del Ródano, portentos españoles de Priorato y Ribera del Duero, más algunos delicados y fascinantes riojas. También uno que otro australiano y una buena muestra de malbec argentinos. También vinos griegos, riesling alemanes y blancos austriacos, además de brunellos, chiantis y, claro, alucinantes olorosos de Jerez.

Como comprenderán, mi presupuesto de periodista no me permite grandes lujos, pero sí esta profesión me ha enseñado a comprar buena relación precio-calidad, así es que nunca voy por vinos caros. Nada en mi cava podría arruinar una billetera normal, excepto unos cinco tintos de Pomerol que espero alguna vez vender para contribuir a la educación de mis hijas.

Muchos de los vinos que tengo, vienen de esa época gloriosa cuando llevar botellas en el equipaje de mano era una dulce realidad. Los más recientes han sido recolectados gracias al consejo de un amigo que me recomendó una maleta especial, de esas de fotógrafo, de plástico duro, acolchada por dentro y de cierre hermético. Allí puedo acarrear hasta 14 botellas. Las demás las meto forradas con ropa, en la maleta normal. Con suerte, de cada viaje me traigo unas 18 botellas.

Y esto último me lleva a una pregunta crucial. Existen varias razones por las que ustedes pueden comenzar una colección de vinos. Una puede ser la mera inversión. Comprar vinos jóvenes a precios decentes, tener buen ojo para descubrir nuevos talentos y luego venderlos cuando los precios suban. La otra razón es ver cómo los vinos envejecen, lo que implica comprar varias botellas del mismo vino e ir descorchando de tanto en tanto. Ver esa mutación es un regalo.

La razón principal por la que yo colecciono, es para tener variedad cuando quiero beber vino. En mi último viaje, mi maleta de fotógrafo llegó repleta de cabernet franc de Chinon –una poco reconocida, pero alucinante región en Francia– que no pienso guardar por mucho. Al primer atisbo de buen tiempo los saco al ruedo. Son vinos jugosos, frescos, simples y baratos, pero los escogí con cuidado, asesorándome por dueños de tiendas o de viñas, ambos rituales infinitamente superiores a comprar por internet. Son joyitas o, mejor, buenas joyas de fantasía. Eso es lo que más tengo. Los vinos que disfruto.

MIS REGALONES

1 Domaine Marcel Deiss Grand

Cru Schoenenbourg 2003, Alsacia

Me gustan los blancos que, por cuerpo, parecen tintos. Este es así. Una mezcla en el viñedo de distintas variedades alsacianas (pinot blanc, riesling, gewurztraminer) da un vino recio, lleno de profundidad y fuerza. Su responsable, Jean Michel Deiss, es un apasionado. Antes de comprar este Grand Cru lo estuve escuchando hablar de su viña por más de dos horas. Un iluminado.

2 Jean Macle, Château Chalon 1998

Entre los vinos amarillos de Jurá, en Francia, la denominación Château–Chalon es pura alcurnia. Y Jean Macle es uno de los reyes. Este vino es una locura, partiendo por el hecho de que los suelos de la viña son azules. En un estilo de elaboración similar al Jerez, este Chalon es una sinfonía de aromas nogados y acidez de acero. No hay vinos así en el mundo. Macle me dijo que no abriera esta botella en veinte años. Espero hacerle caso.

3 Les Roches 1990, Chinon

Hace poco estuve en esta viña del Valle del Loire. Alucinante. La familia Lenoir hace vinos como en la Edad Media. La más alta expresión de tecnología – en la cueva que usan para guardar sus vinos- es la luz eléctrica. Nada más. Este Les Roches es un tinto hecho con cabernet franc. Delicado, puro, fresco, lleno de frutas rojas. Tengo varias botellas porque, claro, me costaron seis euros cada una. Y es uno de los mejores vinos que he probado en mi vida.

4 Bartolo Mascarello

Barolo 1999 (Edición No Barriques, No Berlusconi)

El mismo Bartolo Mascarello me regaló esta botella. Eso sucedió un par de meses antes de la muerte de esta verdadera leyenda en el Piamonte. Un tradicionalista a ultranza, Mascarello fue el gran defensor de la tradición en Barolo. Y este vino delicado, firme, lleno de especias, es la mejor prueba. La etiqueta está hecha a mano, por él mismo. Y dice todo sobre su filosofía. Es mi joyita.

5 Le Pin 2001, Pomerol

De todas las apelaciones de Burdeos, es en Pomerol en donde se siente más que hay gente de la tierra trabajando la viña. Eso, claro, no implica que sus vinos no alcancen precios desorbitados. Le Pin es un ejemplo. Mejor ni les cuento lo que cuesta hoy este 2001 en el mercado. Merlot cien por cien, es una delicia que gana año a año. Obviamente, es un vino que no voy a abrir, a menos que sea estrictamente necesario.

Fuente: El Mercurio | Patricio Tapia

http://diario.elmercurio.com/2008/05/23/wiken/gastronomia/noticias/E9E36DBF-182C-48FA-BB7C-F1182577E3AC.htm

Written by machimar

1, Junio 2008 a 2:55 pm

Escrito en entrevistas

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