Nicolás Audebert: En la búsqueda del Malbec
08/06/08
El francés (32) es el chief winemaker y manager de Cheval des Andes, la bodega que concilia en Mendoza capitales galos y argentinos. La mirada de Nicolás Audebert (32) atraviesa la cancha de polo, las prolijas hileras de viñedos y se extiende con satisfacción en lontananza, hasta las montañas. Beberse la vida, disfrutar cada sorbo, cada gota, como si se tratara del más excelso de sus vinos prémium es sin dudas la filosofía de este joven enólogo francés, afincado desde hace más de un año en Mendoza, quien dice hacer del hoy una celebración …
Fuente: Diario Uno | Verónica Oyanart
Está en el exclusivo Vine loft, de madera y vidrio, erigido en Perdriel, Luján de Cuyo, que recientemente inauguró Cheval des Andes, la bodega resultante de la alianza entre la local Terrazas de los Andes, perteneciente a Chandon Argentina, y el château francés Cheval Blanc, firma liderada por el también galo Pierre Lurton, que integra el grupo de lujo LVMH (Louis Vuitton y Moët Hennessy).
“Quedó como yo quería”, afirma en correcto español y con inocultable orgullo Audebert, en alusión a la construcción y su imponente entorno polístico y de selectos varietales, entre los que se destaca el Malbec, una de las razones por la que los franceses posaron sus ojos en nuestro país. “El año pasado presenté la propuesta y el comité del joint venture la aprobó en diciembre. Hicimos todo muy rápido, en tres meses. Empujamos de día y de noche, para llegar a la fecha que teníamos para la inauguración: el 17 de abril”, relata el francés, que es poco afecto a los ostentosos nombres de los cargos que posee: manager y chief winemaker de Cheval des Andes, tal como se lee en su tarjeta personal. “Poné que soy el enólogo, es más fácil”, dice. Antes de establecerse en nuestra provincia, pasó cinco años en Europa creando vinos nada menos que para Krug, Moët Chandon y Veuve Clicquot Ponsardin. Sin embargo, Audebert no es sólo el responsable del assemblage a la usanza francesa de los vinos de alta gama del emprendimiento, sino que es el nexo entre los socios argentinos y galos. “Me gusta hacer muchas cosas, no puedo hacer sólo una”, acota. Fue él quien también trazó el lugar del emplazamiento de la cancha de polo, se encargó de comprar los caballos –otra de sus aficiones– y hasta hizo los bocetos que sirvieron de base para la concreción del Vine loft. El lugar ahora luce ataviado con adminículos de polo y alberga en sus entrañas una pequeña cava, muy intimista, en la que descansan cuidadosamente los vinos ultraprémium Cheval des Andes, cuyo valor es de U$S100 promedio la botella, junto a otras prestigiosas etiquetas francesas como Hennessy, también elaborada por el grupo; una pila de cajas de puros Romeo y Julieta y un par de exquisitos jamones. Se trata de un reducto apto sólo para sibaritas, como los 200 invitados de diferentes rincones del globo que hace menos de un mes se reunieron en el predio, degustaron la cosecha 2005 y disfrutaron del partido de polo inaugural organizado por la bodega.
–Tu rol en este emprendimiento excede el de enólogo…
–Manejo desde el viñedo hasta la imagen y los contactos. Ahora estoy volviendo de Europa y parto a Hong Kong y Bombay.
–¿Por qué eligieron venir a Argentina, a Mendoza en particular?
–Vinimos a buscar el Malbec, que tenía todas sus letras de nobleza en Francia, hace 150 años, pero luego fue desapareciendo. En Burdeos se mezclan variedades como el Cabernet Sauvignon, el Merlot, el Petit Verdot, pero falta una muy importante: el Malbec, que ahora está en Argentina. La idea fue hacer un blend como en el pasado. En el comité somos mitad franceses y la otra mitad argentinos. Y lo que nos permite hacer este vino es eso: la complementariedad. No es un vino hecho por franceses en Argentina ni tampoco hecho al puro estilo argentino.
–Y la calificación internacional fue excelente…
–Sí, salió muy bien. Son de los mejores viñedos mendocinos, compramos 50 hectáreas (35 aquí y 15 en La Consulta) y las trabajamos de acuerdo a nuestra filosofía. Lo bueno en el mundo del vino es la diversidad. Hay diferentes estilos según cada gusto. Algunos prefieren tomar el café con azúcar y a otros sin, pero ¿quien tiene razón? No hay una respuesta.
–Esa filosofía a la que te referís se basa en la exclusividad…
–La idea es buscar algo muy exclusivo con la más alta calidad que se puede encontrar. Con 50 hectáreas se pueden hacer 200 mil botellas, nosotros hacemos 50 o 70 mil. El vino es un assemblage de variedades, que no se hace mucho acá, y logramos tener en la mesa diferentes componentes y poder elegir. Igual que si uno tuviera que hacer una pintura y debe decidir qué colores usar…
–Ahí entra en juego la sutileza del hacedor de vinos. Pedro Rossell, un destacado enólogo mendocino, comentaba que sus decisiones eran netamente sensoriales…
–Sí, es lo más importante. El assemblage es un arte. Debo tener los dientes negros (se mira las manos en las que advierte una mancha de tinte oscuro), porque esta mañana empezamos a trabajar en el assemblage de Cheval 2007. Tenemos 57 componentes de los que vamos a usar alrededor de 20. Es algo que se hace poco a poco, con experiencia, con pasión, con conocimiento. Es mucho trabajo y práctica, hay que catar mucho vino para saber qué va a dar cada uno, cómo va a evolucionar, cómo va a reaccionar.
–Sólo el 8%, una ínfima porción de su producción, se destina al mercado interno…
–Es así. No hay ni un solo producto de lujo en el mundo que se quede mayoritariamente en el lugar donde es producido.
–La inflación en Argentina está incidiendo negativamente en las exportaciones…
–El tema en Argentina es muy complicado, porque en seis meses cambia el panorama económico global y nosotros tenemos inversiones en euros. Hay movimiento permanentemente, es muy inestable.
–¿Qué piensa un europeo cuando llega a un país con desabastecimiento y piquetes en las rutas?
–Tengo claro que no vine aquí a encontrar el mismo sistema que tenemos en Francia, si no me hubiera quedado allá. Este país es complicado a nivel económico y a la hora de establecer algo con anticipación, hay mucha corrupción, pero eso se equilibra con el dinamismo y la energía de la gente. No hay ningún país en el mundo que llegue al fondo del pozo cada cinco años y salga. Hay una vivacidad, una motivación, que hace que la gente no se rinda nunca, que siga trabajando. Venimos de Europa, donde se tiene la idea que los latinos no son muy trabajadores. No es verdad. Creo que eso salva a Argentina. Aquí estuvimos trabajando hasta una hora antes de la inauguración. Es un motor increíble. Eso en Europa hoy no se ve porque hay demasiada seguridad, está todo muy confortable. Si no se tiene hambre no se pelea.
Personal
Edad: 32
Lugar de nacimiento: Francia.
Estado civil: casado hace ocho años con Melissande. “Es francesa, pinta, canta, toca la guitarra y cuida de los chicos”.
Hijos: tres (una nena y dos varones). El más pequeño nació en Mendoza hace un mes.
Formación: estudió Agronomía Tropical (Institut Supérieur des Techniques d’Outre-Mer, París) y se especializó en enología y viticultura (Ecole Nationale Supérieure Agronomique, Montpellier).
Plato preferido: “Toda la gastronomía francesa es increíble”.
Un vino: “No puedo elegir. El vino es como la música. Lo bueno está en la diversidad”, explica.
Ocio: “Me dedico a mis hijos, a
mi familia, a viajar. Hago mucho deporte, mucho polo. En Francia jugué al rugby varios años”, cuenta.
Un lugar: “Hong Kong me impacta. Me dijeron que allí el único límite es la propia creatividad. Y eso es parte de mi filosofía. Todo
se puede hacer si se tienen ganas”.
Lauros: su vino prémium fue elegido “el mejor vino de influencia internacional argentino”.
De a caballo: “Hacemos partidos con nuestros invitados, les mostramos el polo argentino. Le compré los caballos a un polista amigo, en Sampacho, Córdoba”.
Curso intensivo: “Cuando llegué a Mendoza estaba en la bodega
en el turno de la noche, desde las
20 hasta las 8 de la mañana, con
30 muchachos que no hablaban más que mendocino. Así aprendí español, no me quedó otra”.
El trabajo de su padre primero –quien es almirante en la Marina– y los constantes viajes impuestos por su labor en el universo del vino después, sellaron el destino de trashumante de Nicolás Audebert y lo llevaron a trajinar el mundo. En sus 32 años ha estado en 48 países y ha podido unir su vocación de ciudadano del mundo con su afán de hacedor de vinos para firmas insignes de la vitivinicultura internacional.
–Sos muy joven pero has estado en las “grandes ligas”: Krug, Moët Chandon y Clicquot…
–He tenido suerte. Hace ocho años que hago vinos y cuando se catan 30 o 40 componentes por día, la experiencia viene rápido. Además trabajamos en equipo.
–¿Cómo llegaste a la enología?
–Por alcoholismo. (ríe)
–Eso dicen todos los enólogos…
–Me llevó la pasión. Siento desde chiquito pasión por el campo. Mi familia tiene una propiedad en la campiña francesa, donde iba de vacaciones. Además nací en el Sur de Francia, en la costa, cerca de Saint Tropez y vivimos en diferentes lugares de Francia, en África, en el Caribe… viajábamos mucho. Mi idea era seguir conociendo. Así que intenté combinar todo eso: la pasión por el vino, el campo y los viajes. Y al final no me salió tan mal (ríe). No tengo raíces y no lo sufro. Los que siempre vivieron en el mismo lugar, con la misma gente, creen que sí. La semana pasada estuve en Francia con uno de mis enólogos, que es un típico mendocino: nació acá y acá se quiere morir. Es muy abierto y le encanta viajar, pero siempre quiere volver a Mendoza. Me parece bien que se sientan ligados a su tierra. Pero eso es algo que no he sentido nunca. Yo estoy cómodo en un montón de culturas. En 32 años he estado en 48 países. Voy a Hong Kong y me siento como en casa. Tengo un almuerzo libre y sé adónde ir, llamo a mis amigos. Lo mismo en Nueva York, en Londres… en muchos lugares.
–¿Y en Mendoza cuánto planeás quedarte?
–No sé. Estoy muy bien aquí, pero soy muy inquieto, no me puedo quedar diez minutos sentado en el mismo lugar.
Fuente: Diario Uno | Verónica Oyanart
http://edimpresa.diariouno.net.ar/2008/06/08/nota183186.html