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Beber madera

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14/09/08
Fuente: La Mañana de Neuquén | Joaquín Hidalgo

Los vinos con aroma y sabor de roble son los favoritos del público. Esta moda le habla al consumidor real, que no está para grandes sutilezas. Treinta ejecutivos de nivel están sentados a una mesa mientras un sommelier les sirve cuatro vinos que catarán a ciegas. Lo de ejecutivos viene a cuento, porque podemos estimar que han probado una buena cantidad de vinos de alto precio, tanto por su función como por sus ingresos, y si están en este momento sentados frente a cuatro copas, deducimos que el tema les interesa …

La escena tiene lugar en la Cava del Querandí –en el microcentro porteño- esta semana pasada o la anterior, no importa, porque se repite como fotocopia cada vez que se hace un ejercicio similar. El sommelier ha escogido un blanco y tres tintos para que prueben, entre 40 y 200 pesos: un sauvignon blanc, dos malbecs y un syrah. La idea es que el grupo los saboree y diga cuál le gustó más y por qué. Algo sencillo, casi naïf.
Fulanas y menganos dan vueltas en sus copas –se ve con ello que han tomado vinos y cursos-, pispean los colores al bies del cristal, hunden sus narices y olfatean caninos toda la frutería y carpintería; luego empinan, buchean y finalmente cierran con un chasquido aprobatorio. Eso, con cada uno de los productos.
El blanco, sencillo en su descripción, gusta por fresco. De los tintos, un robusto malbec salteño es ungido ganador por «intenso y maderoso» –aquí apuntan que da sensación de calidad- y luego el syrah que también tiene roble evidente. Cierra las preferencias el otro malbec, un clásico local, porque no tiene el tablón pertinente que lo distinga.
¿Y eso? pregunta este cronista, testigo de la cata. «Si no hay madera no es de calidad» sentencia uno con pinta de Darío Grandinetti hace diez años.

Madera y calidad

Cualquiera se da cuenta que la existencia de roble en un vino es un trabajo de bodega. Y que la uva poco tiene que ver con ello, más allá de la complejidad y concentración que pueda aportarle al vino para soportar el tablazo de las barricas. Cuando se prueban etiquetas que en el mercado superan los 30 pesos, la conclusión general es: los tintos son oscuros como petróleo, maderosos como si hubieran sido incensados con lustramueble y potentes al paladar. Brea pura que, más que aligerar el paso de la comida, lo complican provocando sed.
Cómo es que el consumidor asocia calidad con madera y potencia, resulta una buena pregunta. Algunos enólogos, los clásicos como el reputado Ángel Mendoza o el preciso Hubert Weber, apuntan que en un vino sin sutilezas, cuya boca es puro brío, la elección del consumidor se debe al impacto. Impacto que a mayor intensidad, causa mayor sorpresa y demuestra (al menos para él) mejor calidad, comparado con los ligeritos de menor precio. Algo que no es lineal, pero que sí convence por ejemplo al doble de Grandinetti.
Y ahí este cronista observa un detalle: la madera es un aroma común al bebedor de carne y hueso, mucho más que la grosella que habita los bosques de Renania. En esa familiaridad se juegan dos factores claves: la caricia a la vanidad del consumidor, que puede decir «yo me di cuenta del descriptor que corresponde» y sacarle algún lustre a sus credenciales; o bien, a su inclusión en el universo conocido y caro a sus recuerdos.
Cierto es que un vino que huele a carpintería no deja de ser algo sorprendente al menos la primera vez y media. Porque de ahí en más, la cosa se pone agotadora, como coinciden muchos en la industria hoy. Tanto, que una amplia mayoría de los vinos de Alta gama tienen la sutileza del terruño, el cariño de los cuidados racimo a racimo y la elección ideal del punto de cosecha, emparejadas por la barrica.
Estas cosas sólo suceden a quienes probamos vinos a diario. Pero si a la sazón aparece un vino verdaderamente frutal, accesible, fresco y compañero, a ese uno le toma cariño de inmediato. Podrá ser menos impactante, es cierto, pero resulta en la mesa y agrada al paladar. Entretanto, los hombres de oficinas llevar, festejan aquellos vinos que les sacudan la rutina de la máquina de café.

http://www.lmneuquen.com.ar/noticias/2008/9/14/4738.php

Written by danroc

15, septiembre 2008 a 11:19 pm

2 comentarios

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  1. Hola Joaquin,
    Lei tu articulo con sumo interes. A mi tambien me sorprende que la mayor parte de la gente asocie que un vino de calidad tiene que necesariamente tener madera.
    No obstante, las bodegas tambien se hacen eco de ello. Basta con comparar los precios de un Syrah con y sin paso por roble.
    De alli en mas, a la inmensa mayoria solo le queda hacer matematica elemental.
    Vino + madera = Vino caro = Mejor calidad.
    Si tenes acceso a la informacion, me encantaria que me envies las marcas participantes de la cata por mail para validar mi hipotesis.
    Saludos

    garanda

    16, septiembre 2008 at 10:39 am

  2. Creo que habria que aclarar como primer paso, en que el paso por madera no necesariamente debe dejar olor a carpinteria, mas propio del paso por chips o duelas, que por barricas, obviamente un vino que paso por madera tiene que ser mas caro (precio de la barrica de roble frances), pero no necesariamente mejor; eso si para tener una buena guarda (larga guarda) debe tener paso por barrica.
    La madera debe domar esos taninos briosos de los vinos jovenes, sin empalagar con el sabor y sobre todo olor a madera. Particularmente prefiero los vinos agradables al paladar, con aromas frutales pero no tan dulzones, a mi parecer y poco adiestrado paladar, dulzor que la madera hace sobresalir (vainilla, chocolate) prefiero los que pasaron pocos meses en barrica, o bien fueron puestos en barricas de 2º uso. Recordemos que sobre gustos no hay nada escrito

    Carlos

    16, septiembre 2008 at 3:12 pm


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