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Cafayate, la estrella mayor de los Valles Calchaquíes

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24/10/08
Fuente: Clarín Suplementos

“Eso nomás son las cumbres cordilleranas: gritos petrificados”. La definición de Atahualpa Yupanqui no podría ser más precisa y vuelve mientras uno contempla las formaciones de la Quebrada de las Conchas, a pocos kilómetros de Cafayate, en Salta. El grito silencioso de la roca frente al viento, los colores que estallan, y las formas caprichosas de la montaña son la antesala de un pueblo luminoso, de casas bajas, amparado por la sombra de los árboles y la silueta raquítica de las vides…

Así como desde Salta capital se puede llegar a Cafayate por la espectacular Quebrada de las Conchas o atravesando los pintorescos pueblos de los Valles Calchaquíes desde la Cuesta del Obispo, desde Tafí del Valle, en Tucumán, el camino también vale la pena, ya que bordea Amaicha del Valle y las Ruinas de Quilmes. Cafayate se encuentra en una encrucijada donde se unen paisajes de sugerente belleza.

Las hileras de vides ensayan casi una coreografía mientras uno se acerca a Cafayate. Los tronquitos aparecen y desaparecen, forman figuras geométricas, obsesivas filas que se alternan al paso del auto. Los viñedos desafían el paisaje desértico y aparecen como por arte de magia en lo que hasta aquí ha sido un lugar signado por la sequedad y la roca.

Tentación irresistible
Uno toma la decisión de detenerse a tomar unos vinos antes de seguir hacia el pueblo. Y allí están las bodegas Etchart y Michel Torino o las pequeñas fincas que ofrecen el torrontés, un vino dulce y frutado surgido de una uva que sólo crece aquí.

En la Bodega Etchart explican que aquí, a 1.660 m sobre el nivel del mar, con un envidiable microclima que produce 350 días soleados al año, las uvas crecen saludables y producen vinos de excelente calidad. Es hora, entonces, de degustar una copa al pie de uno de los enormes toneles con un escudo que parece nobiliario y con la leyenda “Bodega fundada en 1850”. El sabor convence a los indecisos para que carguen con algunas botellas.

Camino a la ciudad de Salta, en la bodega La Rosa, fundada en 1892, se producen los vinos Michel Torino. Primero se distingue El Alminar, una mansión tan blanca que encandila. La casa resulta familiar, aún antes de haberla conocido; es que, a poco de recorrer la bodega, uno se percata de que su imagen ilustra las etiquetas de los vinos. Arcadas, tejas rojas, faroles, galerías y césped reciben a más de 50 mil turistas de todo el mundo por año.

Muchos sacan fotos desde el mirador, que parece la torre de una iglesia y se eleva sobre los viñedos de la finca; otros prueban las uvas, pero nadie se resiste a degustar el cabernet sauvignon y, por supuesto, el torrontés.

Los efectos etílicos no tardan en sentirse y un memorioso entona los versos de “La arenosa”, la cueca que Gustavo “Cuchi” Leguizamón dedicó a Cafayate: “Arenosa, arenosita/ mi tierra cafayateña/ el que bebe de tu vino/ gana sueño y pierde penas”.

“Sepultura de las penas” significa Cafayate en voz cacana, la antigua lengua de los diaguitas. El nombre parece aludir a los benéficos efectos del vino y al cielo invariablemente azul, los plátanos, los álamos, las casas bajas y el aire de placidez de quienes recorren las calles.

La vida es pausada hasta para los turistas europeos que se empeñan en mimetizarse enfundados en ponchos salteños. Otros afirman que Cafayate significa “cajón de agua” y, efectivamente, se trata de una suerte de oasis de árboles y viñedos enclavado en un paisaje arenoso. Pero, tal vez, la acepción que mejor cuadre a Cafayate sea “pueblo que lo tiene todo”.

Fundada gracias a una donación de tierras realizada en 1826 por Josefa Antonia Frías de Aramburu, Cafayate es considerada Capital de los Valles Calchaquíes.

El centro, como en la mayoría de los pueblos del interior, es la plaza principal, donde deambulan vecinos y turistas, se realizan ferias de artesanías y se escuchan las tonadas folclóricas que hicieron famosos estos pagos. La iglesia, de 1885, es una de las pocas en Sudamérica con cinco naves; la parte central está dedicada a “La Sentadita”, como llaman los cafayateños a la imagen sentada de la Virgen del Rosario.

Técnicas ancestrales
En el mercado de Artesanías, muchas familias producen a pequeña escala piezas en cerámica, tapices, vasijas, mantas, ponchos, cestos. Muchos objetos son fabricados con técnicas heredadas de las antiguas culturas indígenas.

Los pueblos calchaquíes están representados en el museo regional arqueológico Rodolfo Bravo, lleno de cerámicas, metales, telas de uso funerario y utensilios, que recrean los tiempos de diaguitas y calchaquíes. La fábrica de alfarería de la familia Cristófani es otra de las visitas obligadas. Esta familia rescató los secretos de los antiguos alfareros, para fabricar tinajas que adornan los patios del pueblo y se utilizan para almacenar agua y conservas.

Vidalas, zambas, cuecas y bagualas se escucha por todas partes. En la segunda quincena de febrero se celebra la Serenata a Cafayate, con músicos y poetas llegados de distintos lugares.

“Arena, guarda/arena tapa mi huella”, dice “La arenosa”. Quizás fue escrita al pie de Los Médanos, a la salida por la ruta 68. Las dunas de hasta 25 m crean un paisaje sahariano. Los cafayateños recomiendan visitarlas cuando resplandecen como fantasmas bajo la luna llena, pero hay que tener paciencia hasta que llegue la ocasión.

A 20 km del pueblo, en la Quebrada de las Conchas, el paisaje comienza a tomar formas y colores insólitos. Ocres, amarillos, colorados, blancos y verdes se instalan sobre altísimas formaciones de roca. Aparecen Los Castillos, con sus gigantescas paredes que parecen torres al rojo vivo, moldeadas por la acción del viento.

El obelisco, El fraile y El sapo desfilan más adelante, con formas acordes con los nombres prodigados por el ingenio popular. No cabe lugar para la imaginación a la hora de encontrar figuras en el paisaje: un prolijo cartel verde anuncia el nombre de cada formación.

Cada corte, cada pliegue, cada mineral puede ser interpretado como un hallazgo geológico. El auto se detiene en el Anfiteatro. Sobre el piso de arena, varias personas ensayan un grito al vacío para probar la reconocida acústica del lugar, donde suelen ofrecerse conciertos. La obsesiva melodía de un hombre de pelo largo con una flauta reverbera desde la entrada.

A 1 km, una mujer hila su tejido cerca de la Garganta del Diablo. La imagen inquieta cuando uno se interna entre las paredes de piedra y eleva la vista hacia la chimenea colorada que se ahueca sobre el cielo. La historia del mundo cabe en ese hueco; empieza entre los pliegues de la roca y termina en los puntos de la manta que teje la mujer.

Fuente: Clarín

Written by danroc

26, octubre 2008 a 10:40 pm

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