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Brotes nuevos

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26/10/08
Fuente: La Mañana de Neuquén | Joaquín Hidalgo

A fines de octubre los viñedos despuntan sus flores invisibles y el circuito del vino inicia la cuenta regresiva para la cosecha 2009. Entre todas las formas de interpretar el producto de la vid, el partir de la viña es la menos frecuente. Cuatro pasos esenciales a contar de ella, en el camino de la vid al vino. Muchas son las formas de ver el vino y eso hace que sea, por lejos, mucho más que una bebida. Se la puede mirar desde la copa, o en el servicio, o en la facilidad que tiene para acelerar las ideas, pero también podemos hundirnos en la tierra, recorrer las raíces y pulverizarnos hasta llegar a la química de sales y nutrientes que le dan origen …

Si partiéramos desde allí, habría que pensar primero en la textura áspera del suelo. En su porosidad inundada por el riego, en donde flotan disueltos los minerales –fósforo, nitrógeno y potasio sobretodo- que formarán su alimento. Ahí está el primer puntapié del vino: en el líquido que capilarmente se mueve por el suelo y que capilarmente asciende desde las raíces a las hojas llevando las sales de la vida.
El camino del agua no es complejo, pero sí invisible. Allá en las hojas el sol pega fuerte. El sol es pura energía que calienta las hojas y las hace transpirar: el agua se evapora de ellas y cuando deja la planta, nueva agua viene a reemplazarla. En ese circuito está el segundo paso esencial del vino.
Hasta aquí no tenemos otra cosa que agua y sales. Pero otra ley universal, la ósmosis, trabaja ahora en la planta y las células de la vid reciben los minerales. Y los usan: para vivir, que no es otra cosa que respirar y transpirar, pero que en las plantas arranca con la fotosíntesis. Ella es el milagro de anudar el sol a la tierra, de hacerlo alimento dentro de una célula verde, multiplicada por millones en las hojas.
Todas las células de la vid, como la vida, tiran para el mismo lado. Desde que reciben la orden hormonal, marcada por la temperatura creciente del suelo, por el sol y por toda esa microfísica y química que tiene lugar en un ser vivo, todas las células, cada una con un programa especial, comienzan a tirar para el mismo lado. Su objetivo: perpetuar la especie. La respuesta más racional y compleja que podemos dar es el tercer paso hacia el vino.

Cuando todo se pone en marcha después del invierno, la vid brota. Primero las yemas que parecían muertas se hinchan. Lentamente empiezan a desplegar sus hojas en miniatura, de pronto impulsadas por el golpe de ariete de la vida: hay que reproducir las células y crecer, ese es el mandato. Y una tras otra, cada célula con su función, se ordenan en brotes, hojas tiernas, zarcillos para que la vid trepe y, para esta época del año, dé unos ramilletes cónicos, más o menos sueltos, que amanecerán un día abiertos en flores.

Las flores de la vid no tienen color y a la vista el viñedo luce desnudo y verdeado a la vez. Tampoco son odoríferas, aunque miles generan un perfume sutil e inolvidable que embebe el aire. Eso lo sabe el viticultor que dio el agua y que podó sus plantas planificando el crecimiento en un cálculo económico: tanta agua aplicó, tantas yemas dejó por brote, tantos racimos obtendrá al cabo.

El viticultor

Ese viticultor ahora camina entre las hileras y mira al cielo. Lee los pronósticos meteorológicos y desespera si un frente frío se acerca. Pero nada de eso sucederá. Y esta mañana de octubre el viento es su principal preocupación.

Si es muy intenso, en los días de floración el polen se irá lejos, el cuaje de las flores será desparejo y todo el cómputo de la cosecha forzosamente se desmenuzará en el viento. Confía que no será así. Parece escuchar el vértigo multiplicador de sus plantas y calcular con ellas. La materialidad del vino comienza a cobrar forma en esos racimos prematuros.

A él le gustaría contarles que hay algo que se llama crisis global, precios estancados y cotizaciones. Que hay otra maquinaria humana por delante de sus plantas y que el resultado no depende de ellas, que han trabajado para fijar el sol a la tierra en un fruto, que terminará por convertir el agua y los minerales del suelo en vino.

Para cuando el fruto sea líquido, el problema ya no será de las plantas. Pero para eso falta aún el verano y el otoño, faltan los trabajos de atado, ordenado, despuntes y raleos. Las tareas se multiplican en la cabeza del viticultor, mientras mira sin ver cómo las plantas obedecen su propio e irrefrenable mandato. Y ése es el cuarto paso, pero también el primero: trabajar y multiplicar. Sólo así se obtiene el vino que abunda en la copa y que transporta ese misterio entre la tierra y el cielo a la mesa.

http://www.lmneuquen.com.ar/noticias/2008/10/26/8616.php

Written by danroc

29, octubre 2008 a 1:04 pm

Publicado en noticias

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