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Defensa de la producción ante el daño climático

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06/12/08
Fuente: Diario Los Andes

Las contingencias climáticas han incentivado desde siempre la angustia de los agricultores de la provincia, condicionando sus emprendimientos, su rentabilidad, su evolución. En otras partes del mundo quizá pueda no plantarse ni sembrar allí donde el clima castiga hasta la destrucción. Aquí esa opción es inimaginable: se puede cultivar en no más del 4% del territorio, en los escasos oasis fértiles, sobre los cuales, además de la esperanza productiva, pende también la tormenta amenazadora o la helada quemante …

Hay en la región, toda una historia que nutre nuestra cultura productiva y que pasó desde ancestrales pedidos de protección divina, a antiguos quemadores, a cohetes improvisados de rumbo incierto y se transitó también por frustrados intentos de seguro agrícola -el anterior sobrevivió 10 años y concluyó en un fracaso en 1964- y se experimentó con cohetes rusos cambiados por mosto sobrante, en los años ’80.

Pero la mayoría de los variados esfuerzos por atenuar los efectos del daño climático -incluyendo algunos de inversión privada, otros mixtos y varios estatales- se esfumaron a fines del siglo pasado casi sin dejar antecedentes científicos para el análisis y la perfección posterior.
Después, la tela antigranizo apareció como alternativa en los finales de los ’90 y posteriormente se sumó la expectativa creada por los experimentos aéreos de siembra de nubes con sustancias químicas que reducen o diluyen el granizo hasta que precipite sólo agua.

No disipó la polémica sobre su eficiencia -especialmente en años de intensos castigos del granizo- pero el método de lucha activa con aviones se sostiene desde fines de los ’90, primero con operaciones contratadas a empresas internacionales especializadas y luego con gestión enteramente provincial. Hubo intentos de sumar al sistema a la contribución privada, pero fracasaron y el Estado terminó asumiendo el esfuerzo desde su presupuesto.

Luego se sumaron, en 2005, un sistema de compensación de gastos operativos -o seguro provincial- de carácter enteramente estatal (que acaba de ser ampliado y con un reintegro mayor por hectárea); los generadores de gas de ioduro y las políticas de apoyo crediticio para la instalación de malla antigranizo con tasas subsidiadas (actualmente rondan las 12.000 hectáreas protegidas).

Todos los intentos -voluntaristas algunos, científicos otros, privados, estatales y mixtos, experimentales todos- habían terminado en fracasos totales o parciales. A veces frustrados por interrupciones emotivas, políticas o financieras.

Hasta que después de muchas discusiones y debates sobre las características del combate y los protagonistas de la inversión -si estatal, privado o mixto-, finalmente se pudo poner en marcha un sistema combinado, que integra un sistema de lucha activa con una pasiva y en el que el Estado lidera la inversión básica (por la trascendencia económica y social que tienen el agro y la agro-industria en el PBG).

Esto es, una inversión presupuestaria que ronda los 35 millones de pesos anuales, que procura proteger al menos los gastos operativos de la unidad productiva hasta 15-20 hectáreas y que integra en el sistema la lucha activa, mediante la siembra con aviones y generadores de tierra- con la pasiva.

Esta última con la promoción de la colocación de malla antigranizo con créditos subsidiados y el seguro o compensación de daños ampliado a vid, olivos, frutales, atacados por la helada o el granizo.

La estrategia pasiva implica, además de la malla, el seguro o compensación por daños (estatal, generalizado y con posibilidades de ampliarse por esfuerzo privado) y las acciones de los propios productores en sus chacras y fincas, sin perjuicio del subsidio a los combustibles necesarios para la lucha invernal contra las heladas.

El diseño de la estrategia -edificada tras varios años de experiencias y debates- se convino con un propósito experimental y en desarrollo dinámico: es decir, todos los instrumentos activos y pasivos, debían sostenerse con continuidad, no iban a cercenarse en espasmos provocados por un año excepcional en el daño, hasta que un período prudencial -una década por ejemplo- permitiera sacar conclusiones científicas y no meramente emocionales.

Experimental pero con seguimiento científico, para el perfeccionamiento y actualización dinámica, permanente. Por eso se sumó al estudio y seguimiento de la lucha a institutos universitarios y científicos privados.

Por la integración del agro con la agroindustria e incluso con la propuesta turística provincial, en la región dependemos en buena parte del valor y calidad de nuestras cosechas, de la dinámica del campo, donde se originan los productos que luego abastecen a la industria y hasta el turismo.

Por lo menos el 60% de las exportaciones de la provincia (este año unos 1.600 millones de dólares) dependen de que los productores puedan cosechar y empujen la cadena industrial.

La defensa de la producción ante los factores climáticos -como una política de Estado- no puede quedar sujeta al drama que siembra una tormenta, por grande que sea la angustia del afectado.

Debe tener la misma continuidad, persistencia y desarrollo que demandan las otras políticas de promoción y modernización de la producción.

Hemos pecado a lo largo de nuestra historia de emprendimientos frustrados por emociones descontroladas, intereses sectoriales o políticos ocasionales.

http://www.losandes.com.ar/notas/2008/12/6/editorial-396577.asp

Written by machimar

6, diciembre 2008 a 2:27 pm

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