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Los vinos que nacen en el fin del mundo

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11/12/08
Fuente: Prodiario | Claudio Corsalini

En la Bodega del Fin del Mundo, el empresario produce vinos en Neuquén junto a su familia. Cómo piensa seguir crecimiendo y cuál es su plan de negocios en una zona tan inhóspita como la Patagonia. Las exportaciones a 28 países. No conocía nada de vinos cuando empecé, pero leí mucho, fui a cursos y recorrí más de 200 bodegas alrededor del mundo …

Hoy, 12 años después, somos una bodega funcional al vino”. Julio Viola asegura que fue el pionero en instalar en la zona de San Patricio de Chañar, en la provincia de Neuquén, un emprendimiento bodeguero. Lo cierto es que en un lugar que era tan sólo un desierto, con pocas lluvias y casi deshabitado, creó la Bodega del Fin del Mundo, un mega emprendimiento que cambió toda la zona. Que incluso dejó de ser una localidad de emigración de jóvenes en busca de nuevos horizontes y pasó a ser un centro de atracción para profesionales, en particular de la industria vitivinícola.
Julio era un simple desarrollador inmobiliario en Neuquén. “Era un buen negocio para generar ingresos, pero nunca tuve pasión por eso. Entonces, se me ocurrió pasar de lo urbano a lo rural y así fue cómo comencé con este emprendimiento que yo lo defino como inmobiliario y productivo a la vez”, explica.
Los clásicos lugares para producir vinos eran Mendoza, San Juan o Salta. Nadie pensaba en la posibilidad de instalarse en el sur del país. Pero con la Bodega del Fin del Mundo, más otras firmas que se sumaron en el lugar, la Patagonia se convirtió en un referente más entre los vinos argentinos. Lo que destaca su creador es que toda la familia forma parte del proyecto: “Esta es la primera generación. Es algo curioso, porque los padres y los hijos estamos haciéndolo juntos. Acá no hay segundas generaciones. La bodega, propiamente dicha, la creé yo, pero se fueron sumando mis hijos Ana, y su marido; y Julio, con su novia. Así es que somos seis, porque mi mujer conduce las cosas familiares como buena madraza que es”.
Fortuna: Neuquén no es una zona habitual para esta industria. ¿Qué cambió para que la zona pasara a tener este tipo de explotaciones?
Viola: Esta es una región que tiene una gran ventaja frente al resto, porque tenemos mucha agua que proviene de la montaña, el suelo es excelente y el clima es muy favorable. Para asegurar el riego, construimos un canal, que hoy tiene 20 kilómetros de largo, y más de 500 kilómetros de redes subterráneas.
Fortuna: En su momento fue una apuesta con más puntos en contra que a favor. ¿Hoy está compensado ese riesgo inicial?
Viola: Todo empezó como una colonización privada de tierras que, por suerte, funcionó perfectamente. Era esto o nada, y apostamos todo lo que tenía la familia en este proyecto. Durante el proceso de plantación, viajamos mucho viendo qué era lo que se estaba haciendo en el mundo. Nos hicimos cien mil preguntas porque era algo nuevo para todos nosotros y habíamos hecho la apuesta económica de nuestras vidas. Los resultados están a la vista: construimos un exitoso sistema de riego, hicimos cientos de kilómetros en caminos y casi 50 kilómetros de redes en tendido eléctrico. Trabaja toda la familia, exportamos a 28 países y este año facturaremos $ 60 millones, lo que implica un crecimiento del 80% respecto al año pasado. Y el año que viene tenemos proyectado crecer un 30% más.
Fortuna: Al estar incluidos todos los Viola en este proyecto, ¿la firma no sufre las clásicas complicaciones que tienen los emprendimientos familiares? ¿Cómo logran resolver esos temas?
Viola: Para mí lo más importante de este proyecto es que participa toda la familia. Empezamos con mi mujer y primero lo convoqué a mi hijo Julio. Él estaba estudiando publicidad y el negocio del vino fue prácticamente una convocatoria que fue muy bienvenida por él. Se convirtió en mi mano derecha de todas las cosas que íbamos desarrollando. Él se encarga de la parte de comercio exterior, de viajar y de colocar nuestro producto en el mundo. Y después, también se sumó Ana, mi hija.
Ana Viola: Yo veía todo desde afuera porque estaba terminando mi carrera de Medicina en Buenos Aires. Pero de a poco me fui interiorizando en el negocio y llegó un punto donde ya era inminente que iba a entrar en la empresa porque me gustaba mucho el tema de la marca y de mostrar una imagen sólida. Era necesario comunicarla y me atrapó el desafío.
Viola: Además, está el marido de Ana, Pedro Soraire, que está a cargo del área financiera de la empresa; y Mariam Yapur, que es la novia de mi hijo y ejerce como abogada. Somos seis al frente de este proyecto.
Cuando en 1996 comenzó, el emprendimiento parecía más un sueño que una realidad. El objetivo era convertir 3.200 hectáreas de desierto, que fueron compradas en u$s 3,2 millones, en un oasis productivo. Doce años después, el sueño se hizo realidad. Las plantaciones iniciales fueron realizadas en 1999, y desde entonces se plantaron 2.000 hectáreas de viñedos, de las cuales 800 conformaron el proyecto de Bodega del Fin del Mundo. La primera cosecha fue en 2002 y desde allí comenzaron a crecer y aún no han visto su techo.
El nombre nació en uno de los tantos viajes que Julio padre y Julio hijo realizaban por el mundo para saber más sobre vinos y para hacer conocido su producto que, hasta entonces, no tenía identidad. “El nombre sale de una situación curiosa con la esposa de un bodeguero francés muy importante –comenta Viola padre–. Es una señora muy culta, que había viajado mucho. Una vez que estábamos conversando y le pregunté qué pensaba de la Patagonia. Su respuesta fue clara: ‘Ah, la Patagonia, ¡la tierra del fin del mundo!`. Hice un click y me di cuenta de que ese debía ser el nombre”.
Hoy en día, Bodega del Fin del Mundo es una marca reconocida acá y en otros países. Además, sus dueños trabajaron mucho para romper un viejo mito. “Una bodega que haga vinos premium no tiene por qué ser boutique. Este cambio se produce gracias a la tecnología. Antes, los enólogos tenían que seguir muy de cerca todo el proceso; mientras que hoy en día, está todo automatizado. Los tanques tienen un circuito de agua fría o caliente, la temperatura se regula desde una sala y hay más de 200 tanques de acero inoxidable, todos con control automático de temperatura también”, agrega Julio padre.
Fortuna: ¿Considera que la crisis internacional puede afectar el negocios de la bodega?
Viola: Nosotros producimos lo que el mundo demanda. Cerramos nuestra primera exportación a fines de 2004, a Estados Unidos y a Holanda. Hoy exportamos a 28 países y siempre apuntamos al vino premium. Pero la crisis se está sintiendo.
Julio Viola hijo: Pegará fuerte, porque aunque todavía tenemos la inercia de las compras de fin de año, hay que ver qué pasa en los primeros meses de 2009. Puede que esta crisis genere buenas oportunidades para los vinos nacionales. Cuando empezamos a vender al exterior, el país estaba creciendo mucho en exportaciones de vino, y nosotros nos subimos a ese tren, pero pronto comenzamos un tren propio, el de la Patagonia. Ahora la región es una gran proveedora de vinos para el mundo.
http://www.prodiario.com.ar/despachos.asp?cod_des=59352&ID_Seccion=78

Written by machimar

14, diciembre 2008 a 3:44 pm

Una respuesta

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  1. Para mí no es novedad lo que cuenta con tanto orgullo Don Julio pues, en Colombia, un país incipiente en el consumo, sus vinos están alcanzando mucho prestigio y la cobertura con charlas y talleres están produciendo beneficios. Personalmente, como buen chileno, me he apasionado por el vino y ya me considero Enófilo y en mis talleres de la Cultura del Vino en Bogotá, teniendo un muy interesante apoyo del importador y sus profesionales, he logrado excelentes resultado con sus vinos. Es una razón muy personal de decirles: lo lograron y espero que el 2009, con crisis y recesiones,así, como triunfaron les deseo el mayor éxito. Lo digo con envidia de la buena de un chileno que también quiere a sus vinos.

    fernando diaz

    15, diciembre 2008 at 5:27 pm


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