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El genio del gusto

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18/01/09
Fuente: Diario La Mañana de Neuquén | Joaquín Hidalgo

Qué tiene un vino para que nos guste y por qué algunos son más caros que otros. El genio de la botella tiene algunas respuestas. 2009 será el año en que la relación precio-calidad brillará como la única variable válida en el vino nacional. Será, de paso, el año de las marcas. De nada sirve saber, cuando la mejor parte es aprender. Y para aprender no hay otro camino que construir una ilusión, desengañarse de ella y volver a intentarlo un paso más allá en la experiencia. Ésa es la única ley que hay en el conocimiento y la única que hay en el vino…

A menudo nos preguntamos qué encierra una botella de 100 pesos, o una de 700, como hay disponibles a cosechas 2006 o 2007 en nuestro país. La respuesta es sencilla: mucha expectativa y sin dudas un gran vino.
En eso, las etiquetas caras semejan al genio encerrado en una botella. Un día cualquiera de este verano, caminando por la playa, alguien encuentra una botella vacía y tapada con un corcho ordinario, que el mar ha arrojado a la costa durante la noche. Lo más sensato sería pensar que no se trata de un acontecimiento especial. Pero ¿y si fuera la botella que contiene al genio? Ese alguien la frota y seguro no pasará nada: lo que se desinflaría son las expectativas que tenía hasta comprobar que no era la botella del genio.

Ahora se desarrolla delante nuestro una cena de directores de empresas multinacionales. Cada uno, desde su vanidad de hombres que toma decisiones importantes, sabe que en ese meeting tienen que suceder cosas a la medida de lo que esperan de sí; sino, algo fallaría y ellos no creerían ser hombres importantes. Y entre las cosas que debieran suceder, un vino extraordinario es una fija. Bien: ¿qué define a ese vino como extraordinario, para que sí encierre al genio del sabor tal como la botella encontrada en la playa encierra la fantasía de encontrarlo?

La sensación de placer
El precio es una de las principales variables de todo vino fuera de serie. Hoy, entre una veintena de etiquetas caras de Argentina –donde se ha dado un curioso juego de ver quién la tiene más cara- se cuentan Cobos Malbec 2006 (700 pesos), Ícono 2005 (520), Varúa 2007 (500), buenos ejemplos de excelentes vinos a precios exorbitantes. Según varios estudios realizados fundamentalmente en Estados Unidos, el precio es un valor psicológico tan fuerte a la hora de determinar la calidad de un producto, que un mismo vino, probado a ciegas y reseñado con distinto precio, hace que la muestra supuestamente cara sepa mejor. El precio, sería algo así como el genio adosado a esa botella, siempre que el producto no defraude, claro.

Sin embargo, no todo lo que es caro es rico por igual. Abundan los casos en los que una cata a ciegas –el único juez en estos casos- arroja como resultado que el vino A es preferido al B, cuyo precio es sensiblemente más alto. Uno de los casos más resonantes de la historia fue el Juicio de París. En 1976 Stephen Spurrier organizó una cata a ciega de vinos en la que se compararían los más afamados franceses con un puñado de vinos californianos hasta entonces desconocidos en el viejo continente. Los catadores, de paso, eran personalidades enológicas del país galo. El resultado no pudo ser menos que una sorpresa: el nuevo mundo desbancó a la crema del viejo continente.
Y esto, porque si bien el gusto es muy subjetivo, más subjetiva es la valoración de las marcas y sus representaciones más comprensibles de paso para cualquier consumidor – «los más famosos de Francia», por ejemplo-.
De ahí que la mesa de directores prefiera una etiqueta lujosa a una que, pudiendo incluso ser lo mismo de sabrosa, no los describe como directores. No hay nada de malo en ello. Las marcas tienen el poder de decirnos cosas que nos resultan complejas de desentrañar en de forma simple: más fácil que distinguir la nuez moscada o el cassis en un Cabernet, es leer las aspiraciones de pertenencia social de una etiqueta. ¿O no?

Relación precio-calidad
Este 2009, con las expectativas marchitas por una crisis internacional que anemia los bolsillos, a juicio de muchos bodegueros y vinotequeros será el año de la relación precio calidad y de las marcas que sean claras en su mensaje de pertenencia. El punto crítico está entre los 10 y los 20 pesos: allí la ecuación está bien afilada.
Como se dijo, aprender es mejor que saber y para aprender hay que probar. La única manera de saber si una etiqueta nos gusta, más allá de lo que diga de nuestro lugar en la sociedad, es embucharla. Claro que la gracia de una etiqueta cara es que no todos podemos probarla. Esa es la magia encerrada en esa botella: mientras no la sometamos a nuestro gusto podrá ser todo lo que aspiremos que sea. Sólo así, la marca es una suerte de genio que concretará el máximo placer al que podemos querer llegar.

http://www.lmneuquen.com.ar/noticias/2009/1/18/16198.php

Written by machimar

19, enero 2009 a 4:52 pm

Publicado en noticias

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